Una renovación de Messi, como un título de Marc Márquez o la pervivencia del cupo vasco, es siempre una noticia relativa. Una de esas cosas que todos damos por descontadas pero que, cuando se confirman, nos agitan siempre con el alborozo un poco tonto de la obviedad. ¿No reconocía José Luis Cuerda, y defienden los poetas de muro y gatito, que conformarse con que amanezca no es poco? La renovación de Messi es un fenómeno cósmico y sucede como sucede la rotación de la tierra, sólo que los movimientos interplanetarios salen más baratos que los del argentino. La tierra gira alrededor del sol y el Barça gira alrededor de Messi, con la diferencia de que nuestro planeta rodea el sol a lo largo de un año y Messi firma nueve contratos a lo largo de 12. Todos rotan pero Messi permanece, y de esta inmutabilidad del astro dependen la música de las esferas, la armonía del cosmos e incluso el equilibrio fiscal.Y sin embargo, que Messi se retire en el Barça es tan triste como todas las leyes inexorables, como la gravedad que arruina los cuerpos y la multa que llega a tu parabrisas cuando excedes el límite de estacionamiento. A Messi no sólo le falta un Mundial: le falta un equipo distinto de la placenta azulgrana en que fue criado, mimado, hormonado y coronado emperador vitalicio. No es que le dé pánico salir de su zona de confort: es que está a punto de reclamar la soberanía para Confortlandia, cuyas fronteras coinciden con las de la habitación donde firma las renovaciones. Todos los grandes jugadores de la historia pusieron a prueba sus límites fuera del club donde cobraron renombre: de Maradona a Zidane, de Cruyff a cualquiera de los dos Ronaldos. Hasta Pelé ganó el campeonato con el Cosmos. Muy poco a poco, Lionel ha dado todos los pasos que requiere la madurez de un hombre: crecer (no mucho, pero suficiente), aprender a hablar (también lo justo), reproducirse, dejarse barba, contraer matrimonio, firmar nueve renovaciones y ponerse traje para la última de ellas. Sólo le falta cambiar de lugar de trabajo. ¿A qué teme Messi? No le escatimarán dinero, proyecto ni adoración en otras latitudes. Su papá seguirá a su lado. Pero sencillamente el reto no va con su personalidad, más conservadora que adaptativa. Ha decidido pasar a la historia por el talento más excepcional y por la carrera más cómoda. Dos privilegios. Un éxito no nacido de una decisión arriesgada. Por eso cuesta tanto vender la épica de Messi (¡siendo Messi!): por la distancia moral que va del genio al héroe. ¿Dónde se ha visto un mesías sin sacrificio?

CON INOFRMACION DEL DIARIO ELMUNDO.ES

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